La cerveza de la víspera
señaló el clamor de tu ausencia;
vacía en su sombra vigilante,
sin sueños acalorados en sus esquinas,
la calle treinta y cinco,
petrificó inmisericorde
el amado son de tu regalo:
un trago de alma,
tu copa y tus besos.
Estalló la corazonada:
La hierba, los nadies, los lapsus,
toda tú,
corazón,
te habías disipado
en la niebla nocturna
que a mis huesos suplantaba.
El miedo informó a la noche,
la noche desangró al sufrimiento,
el sufrimiento quebró las trovas,
las trovas negociaron el exilio
del tiempo envenenado...
Cuando volviste,
con tus sueños estrujados
viste la derrota en mis cigarros,
yo hice de mi cielo tu retrato,
y me inhumé en el terror del país
que habitamos.
Yo me fui con mis harapos
a morir con mis muertos levantados,
a ser calle,
a ser mago,
a ver desgarrar el espíritu del río Catatumbo
en las fauces del demonio,
del tirano.
Cuando a volver volviste,
se acercaban siete años del marasmo,
del café y su veneno
el que bebimos
sin malicia,
sin reparo.
La calle 37 fue testigo,
se agrietó el cemento de mis manos,
y tú ,
desplegando un canto, un cuento
sin tiempo,
como el alma,
me hiciste saber
que los ángeles no se habían suicidado;
tan sólo estaban en sus talleres
en su afán de culminar nuestro encargo:
Ahora tienes alas nuevas
y yo soy león que hambriento devora al pasado...
León Plata
Celebrando siete veces el siete en mi cigarro.
