Las estrellas se asomaron tímidamente para lloriquear unas cuantas gotas de nubes rojizas, o rosadas, riéndose a carcajadas de la tonta desilusión de un hombre solo, más que solitario, mientras una leve esquela de pescado, espinas blancas, hágame el favor, surcaban su espacio con muchos pies de bajura, que no de basura, que no de baja altitud, entiéndase bien…
De pronto recorriendo este diáfano hemisferio, surcando el velo indulgente de los santos, el cielo fragmenta su anchura en tediosos números de alquitrán; en pedazos que extorsionan las pestañas con la imposible idea de desplomarse sobre la oscuridad, con todo y su ternura.
El fulgor amarillento desprendiéndose de su pensar, pues que no se evidencia más en su suelo, hace restallar los tintineos de las balsas que lo atraviesan, sobre las turbias cabezas de los desolados.
Se escribe la noche y la noche es escrita, con puntas de siluetas, baladíes si se les permite; inmerso en sus corolarios, cabe la duda modesta, de si en sus lánguidas ventanas, el crepúsculo es tan astuto, como para devorarlo todo, incluso el futuro que habló, en días cálidos de fresca brisa, del lírico frío del río Neva, cuando derritió éste cosacos y levitas.
LEON PLATA
NOVIEMBRE TAL DE 2006
En ridícula lucha con un atardecer que ni amaneció ni anocheció…